04 Oct 2012

El Autor

Es un entusiasta de la web 2.0 y del marketing 360º. Vive en Madrid y sus pasatiempos son jugar al Squash, volar en Paramotor. "El storytelling me parece la forma más efectiva de comunicar".

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Las sociedades humillantes Por Sergio Sinay Para LA NACION
 “La humillación es un tipo de conducta o condición que constituye una buena razón para que una persona considere que se le ha faltado el respeto”. Con esta frase contundente se inicia La sociedad decente, un inspirado libro de Avishai Margalit (profesor de filosofía israelí, que actualmente enseña en el Instituto de Estudios Avanzados de la Universidad de Princeton, Estados Unidos). El libro es tan potente como necesario por las ideas sobre las que gira. Las sociedades decentes no humillan a sus miembros, dice Margalit, los respetan. Respeto y humillación son los términos que delimitan si una sociedad es decente o no lo es. En aquellas que lo son, las instituciones funcionan y cumplen debidamente con su función de garantizar el respeto a las personas, a su condición de sujetos y de ciudadanos. Ese es un deber de las instituciones y un derecho de las personas. Hay humillación cuando un grupo, desde una posición de poder, excluye a otros como miembros de la sociedad que, en la concepción de ese grupo, queda reducida a los que comparten ideas e intereses.

 Respeto y humillación son los términos que delimitan si una sociedad es decente o no lo es

Existe humillación, desde esta perspectiva, cuando las instituciones invaden las vidas privadas de las personas (según el profesor Margalit una sociedad que permite la vigilancia institucional de la esfera privada, “comete acciones vergonzosas”). Hay humillación cuando la burocracia, que se financia con dinero público proveniente de los impuestos, trata a los ciudadanos como números o como medios para los fines del gobierno. Según la hipótesis de Margalit, también hay humillación cuando, a través de planes asistenciales clientelistas, se lleva a los necesitados a acreditar y mantener su condición de tales. Por lo demás, la pobreza (que en el caso de nuestro país no desciende, a pesar de la manipulación de cifras y estadísticas oficiales) “no es un fracaso de la persona sino del sistema”, señala el autor.

Las sociedades humillantes quitan autonomía a los necesitados y los acostumbran a vivir de subsidios empujándolos a dudar de su propia capacidad de autosustentación y naturalizando así su condición. Se crea entonces una dependencia perversa entre ellos y el gobierno. Una sociedad es humillante cuando dificulta la creación o mantención de puestos de trabajo, cuando crea condiciones para el aumento del empleo marginal (en negro) o cuando otorga trabajo como una dádiva, cuando en verdad el trabajo es un derecho. Ningún gobernante debería ufanarse de crear empleos, ya que ese es un deber y no una opción. Una sociedad es decente cuando trata con respeto (“pero no con honores”, subraya Margalit) a sus delincuentes y hace cumplir los procedimientos de castigo. Claro que para ello, debe existir la Justicia, porque si ésta es funcional a los intereses del poder o a cualquier maniobra corrupta, solo contribuye a la humillación (sobre todo de las víctimas del delito).

El respeto a uno mismo es tal cuando el individuo hace que otros, incluidos los gobernantes y las instituciones, lo respeten como lo que es: una persona

 

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