18 Ene 2013

El Autor

Es un entusiasta de la web 2.0 y del marketing 360º. Vive en Madrid y sus pasatiempos son jugar al Squash, volar en Paramotor. "El storytelling me parece la forma más efectiva de comunicar".

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Un casi gran triunfo

El partido estaba ganado. Iba 2 sets arriba y 8 cero, cuando se ganaba con 9. Mi contrincante se llamaba Arthur Jacobsen y era danés.

El abierto de Berlín era un torneo muy codiciado: primero, porque ir a Berlín era espectacular y, segundo, porque era uno de los torneos más prestigiosos de Europa.

Una ciudad en la que se enfrentaban cuerpo a cuerpo dos modelos totalmente opuestos: el comunismo y el capitalismo, le daban un carácter muy especial, casi histórico.

Berlín occidental era un alarde de libertad y cultura en un marco cosmopolita multicolor; mientras que el Berlín oriental era una pintura depresiva con paleta de colores gris-triste y marrón-melancólico.

Cuando saqué para ganar el partido, la pelota hizo un ruido extraño y apenas salió despedida de la pared. Se había roto. Como ocurre en esos casos, salimos de la cancha para que el árbitro nos diera una pelota nueva, secarnos el sudor y retomar el partido.

–   ¡Le estas por ganar al campeón europeo!- me gritó un amigo, que lo era hasta ese momento, desde la tribuna.

Hice que no había oído, pero sí había oído. La cabeza, como un disco, empezó a girar a miles de revoluciones. “Le estoy por ganar al campeón europeo”, “nunca un sudamericano le ganó a un campeón europeo”, “puede ser el triunfo más importante de mi vida”, bla, bla, bla… sin parar.

Se había hecho tarde y quedaban pocos minutos para el cierre de la frontera. Los coches que salían de Berlín Occidental, que era como una isla dentro de Alemania Oriental, tenían que pasar dos fronteras que tenían un horario estricto. Pasada la hora había que esperar hasta el otro día para salir. Pero yo no estaba de humor para quedarme ni un minuto más en Berlín esa noche.

Saqué y me hizo el punto. Sacó y me jugué a hacer el punto rápido. Una y otra vez hasta que quedamos 8 a 8. Una ansiedad tremenda por terminar el partido se había apoderado de mi como una gripe. La mente empezó a fallar, no tenía un plan, pasaban imágenes a toda velocidad sin detenerse nunca. Había entrado en un espiral vertiginoso sin freno. “Campeón europeo” decía mi mente sin control.

Ya de noche, sin ánimo alguno, iba conduciendo hacia Hamburgo cuando fui interceptado por un guardia ruso que me hizo señas de parar. No había nadie en la carretera arbolada que sale de Berlín, sólo yo y mi coche y una enorme desilusión conmigo mismo. Con sobretodo verde, una gorra enorme con una estrella roja y un fusil se mantuvo parado frente a mi pequeño Renault 5 verde cotorra, inmóvil. Sin saber qué estaba sucediendo, me mantuve inmóvil también, hasta que un ruido a motor grande fue seguido de un enorme tanque de guerra, también con estrella roja, que cruzó la carretera. Cuando el guardia dio un paso al costado mi pequeño coche junto con mi pequeñísima autoestima dejamos atrás una enorme derrota que siempre recordaré como un casi gran triunfo.

1 Comentario
1 Comentarios
  1. qué buen relato, me hizo acordar a Philippe Delerm con “El primer trago de cerveza”, un libro de apenas 100 páginas ESPECTACULAR que estuvo más de 5 anos entre los más vendidos de Francia y fue traducido a más de 20 idiomas!

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