08 Ene 2013

El Autor

Es un entusiasta de la web 2.0 y del marketing 360º. Vive en Madrid y sus pasatiempos son jugar al Squash, volar en Paramotor. "El storytelling me parece la forma más efectiva de comunicar".

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Yo vivo en Alarmia

Alarmia es el nombre de una ciudad en la que nunca paran las alarmas de sonar. Uuuuaaa, uuuuuaaa, pi, pi, pi, uuuuaaa, pi, pi todo el día.

Sus habitantes se han transformado en sordos selectivos de alarmas. Cuando suena una alarma le dan el mismo tratamiento que a una mosca volando. Si les queda al alcance de la mano, le tiran un viaje con un diario o revista, pero sino fingen no escuchar.

La pregunta que surge inmediatamente es: ¿para qué ponen alarmas si ya no llaman la atención? ¿No sería mejor ahorrarse el barullo y listo?

La ciudad de Alarmia tiene algunas características propias que la hacen única. Se han rodeado las calles con rejas para que los habitantes permanezcan presos en sus propias casas. Las enormes rejas y los hilos electrificados separan a los propietarios presos de los delincuentes sueltos que recorren la ciudad en busca de oportunidades.

Todavía no llegó pero la instalación de fosas con aguas profundas y cocodrilos está por ser la próxima barrera para asegurarse que los dueños de las casas no se fuguen a ninguna parte.

Los propios dueños-presos contratan a sus carceleros. Unos guardias patéticamente inútiles duermen en unas casillitas en las esquinas de las casas-celdas más lujosas. No deja de llamar la atención que los carceleros, por ley, no pueden usar armas. Las armas solo están permitidas a los delincuentes que, en un juego perverso, intentan violar las celdas-hogares. Si fallan, retroceden dos casilleros, dejan de jugar un turno y, luego, tiran de nuevo.

Los lugares de Alarmia más oxigenados y menos cercados son las cárceles. Los delincuentes entran y salen, coordinan y ordenan las estrategias para robar y los presos (me refiero a los habitantes de Alarmia) les pagan los gastos: Comidas, celulares, bebidas alcohólicas y su cuota mensual de asistencia gubernamental.

Alarmía es un lujo al cual pocos acceden, pero una vez que se accede, ya no es fácil partir. A menos que se rompa el cerco metálico que la protege.

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